Cuando comenzamos a construir, idea a idea, ladrillo a ladrillo, nuestro propio mundo, uno de los elementos que antes se nos vienen a la mente, sobre todo si hemos sido lectores de la obra del maestro Tolkien, es sin duda la creación de al menos una lengua propia. Pero, aunque la mayoría de los elementos que podemos llegar a manejar a la hora de atrevernos con el worldbuilding y la creación de lenguas son complejos y difíciles, hay que reconocer que el campo de las lenguas artificiales es quizá, y sobre todo para los legos, un terreno escarpado; un camino que puede hacerse demasiado cuesta arriba. Pero, como en todo, hay trucos, técnicas y ayudas que nos pueden facilitar ese camino, y son algunas de estas las que vamos a intentar aclarar aquí, aunque de una manera algo resumida, debido al espacio y el medio.

Un libro de notas siempre viene bien…

Crear una lengua desde cero es una empresa que puede llegar a parecer apabullante. Es algo que se nos presenta casi siempre como inabarcable, sobre todo si nos fijamos en cualquiera de las lenguas actuales que usamos, por ejemplo, como nuestra lengua materna. Y el desarrollo que dio Tolkien a sus apuntes sobre la lengua de los elfos no hace sino acrecentar esta sensación. Una gramática, un diccionario, tiempos verbales, casos… son todos elementos constitutivos de una lengua que nos parecen necesarios e incluso imprescindibles a la hora de crear la nuestra propia.

Pero nada más lejos de la realidad. La verdad es que a partir de la simpleza y la sencillez se puede construir poco a poco una lengua y, sobre todo, una lengua que sea acorde a nuestras necesidades. El truco es comenzar a construir de menos a más y pensando siempre en las necesidades de la lengua que vamos a crear y, sobre todo, de los ficticios hablantes de la misma.

Sonidos

La base de toda lengua son los sonidos. Los sonidos que producimos con las cuerdas vocales y la boca, en su mayoría (aunque existen muchas lenguas que usan tics y otros tipos de sonidos). Sonidos consonánticos y vocálicos, solos o combinados en formaciones de dos o tres, para formar sílabas concretas con las que, a su vez, formar palabras… Ese es, en resumen, el proceso del habla, al menos en un aspecto mecánico. Es a esas palabras que, dentro de un contexto, se le dan significados por consenso colectivo de los hablantes. Estos tienen entonces un inicio de lengua común para comunicarse entre ellos.

¿Cómo decidir los sonidos de nuestra lengua? Una forma fácil sería partir de la lista de sonidos que utiliza nuestra lengua materna: hacemos una lista de las consonantes, junto a las vocales, y pensamos en las combinaciones que hacen entre sí. ¿Queremos que nuestra nueva lengua tenga todos esos sonidos? ¿Podríamos quitar algunos? ¿Y añadir sonidos de otra lengua que no esté en la nuestra, digamos, el inglés o el francés? Todas estas cuestiones son útiles pasos a seguir a la hora de lo que podríamos llamar el “mapa fonético” de nuestra lengua. ¿Y cómo decidimos qué sonidos usar o quitar? Pensemos en sus hablantes: tiene voces guturales o melodiosas, cuerdas vocales gruesas o múltiples y sutiles, bocas carentes de labios o  una garganta capaz de abrirse y cerrarse a voluntad a la hora de dejar escapar el sonido… Todos estos detalles pueden llegar a darnos una idea cercana a qué sonidos serán comunes en la lengua que queremos desarrollar.

¿Cómo dices que se pronuncia esto?

¿Escrita o solo hablada?

Muchas lenguas de nuestro mundo son hoy aún solo habladas, y carecen de un sistema de escritura. La mayoría son tribales y sus hablantes tienen un desarrollo tecnológico más propio del neolítico. Si no queremos que nuestra nueva lengua tenga un sistema de escritura, nos valdrá con representarla dentro de unas barras oblicuas o corchetes como una simple pronunciación consensuada.

Pero si estamos pensando en otorgar un sistema de escritura a nuestra lengua inventada, es probable que necesitemos decidir algunas cosas. Quizá la primera sea saber si parte de un sistema alfabético (como las lenguas romances) o si por el contrario estamos ante un silabario (como el japonés). La diferencia es simple: los alfabetos representan cada sonido (consonántico o vocálico) con un solo signo, mientras que los silabarios representan con un solo símbolo la unión de almenos un sonido consonante más, al menos, una vocal: es decir; una sílaba.

Decidido esto, pasaríamos al tipo de escritura, a cómo queremos representar cada letra o sílaba. Los símbolos que nos son más cercanos son las letras como las del los alfabetos latino, griego o cirílico. Los nórdicos y germanos escribían en su día runas, que también pertenecían a alfabetos, pero al contrario que estos, sus letras carecían de curvas, estando formadas tan solo por líneas rectas unidas en diferentes ángulos: son lo que llamamos runas. Lenguas asiáticas como el japonés, el chino o el coreano, tiene un sistema de escritura basado en ideogramas: complejos dibujos que tienen significados completos, pero que a su vez tiene una pronunciación concreta que puede reproducirse con sílabas. 

Y hay cientos de tipos de escritura: cuneiforme, jeroglífica… Pero, como punto inicial para ir decidiendo el aspecto de nuestra lengua, no están mal estas nociones básicas.

Vocabulario

Un listado de palabras, un lexicón, puede ser de gran ayuda. Pero no es plan de colocar términos al tun tun. Las palabras que van a ser más necesarias en esta lengua y también aquellas que es muy posible que no se usan nunca. Y no nos referimos a vocabulario técnico, sino a ejemplos como la palabra “amor”, que no fue necesaria en la lengua klingon, por el simple hecho de que su cultura desconoce ese concepto. Así, el truco sería ir construyendo una lista de palabras que vayan a tener bastante utilidad en el contexto de los hablantes de esa lengua, y quizá irla ampliando poco a poco. No estaría de más ir pensando en terminaciones para distinguir género, número, tiempo… pero tales decisiones son más del punto siguiente.

Gramática: morfología y sintaxis

Aquí la cosa se complica: formar y derivar las palabras a partir de una raíz común junto a partículas afijas que construyan el masculino, femenino o (de existir en dicha lengua) el neutro, el número (singular o plural), lo cerca o lejos que se esté de un objeto, grados de adjetivación… Así, si la raíz sorakh- significara en nuestra lengua “quien escribe” podríamos crear palabras derivadas mediante afijos (prefijos y sufijos). Y lo mismo ocurre con los tiempos verbales, y las personas en ellos. 

  • sorakhi (-i,  sufijo masculino): escritor
  • sorakhiiin (-iin, sufijo femenino): escritora
  • sorakhien (-en, sufijo plural): escritores
  • sorakhiinen (idem, pero para el femenino): escritoras
  • artsorakhi (art- prefijo y partícula no, negación): ágrafo (“que no sabe escribir”)

Un paso más allá sería el dedicado al orden de las palabras al hablar para construir una frase con sentido. Sabemos que en español el orden de los elementos a veces no altera demasiado el sentido final, y que el inglés, por el contrario, mantiene una férrea estructura. Es a lo que llamamos sintaxis.

Otras complejidades

¿De dónde evolucionó? ¿Cómo surgió? ¿Cuáles fueron sus primeros hablantes? ¿Tiene lazos con otras lenguas, ya sean anteriores, contemporáneas o dominantes?

Estas preguntas podrían llegar a dotar a nuestra lengua de una serie de matices únicos que la enriquecerían también con elementos extralingüísticos.

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