Hay una expresión en euskera que dice “dana izena duela omen da”, que podemos traducir al castellano como “todo lo que tiene nombre existe” o “todo lo que tiene nombre es”. Este dicho tan potente que evoca el pragmatismo de aquellos que nos precedieron y que suele aparecer en los últimos años muy vinculado a la mitología vasca (como en la fantástica película Irati), también se emplea para defender algunas cuestiones actuales. Y remontándonos a tiempos aún más antiguos hemos de recordar que al dios egipcio Ptḥ (Ptah), una deidad creadora que daba forma a sus creaciones mediante la expresión oral de sus pensamiento : lo que él nombraba era creado. 

Si algo tiene nombre, aunque solo lo hayamos imaginado, necesariamente pasa a ser algo que existe, aunque no sea tangible. 

Los humanos le damos nombres a las cosas. Según una encuesta de 2013 hecha por la compañía de seguros Nationwide, alrededor del 25 % de los propietarios de automóviles que fueron encuestados había bautizado a su vehículo con algún nombre. Porque los nombres nos ayudan a delimitar entre los bienes personales y los bienes comunitarios, lo que nos es propio y ajeno. Y también determinan en buena medida quienes somos, de donde venimos y quien es nuestra familia. En el pasado contenían incluso más información, y mutaban a medida que los humanos que los portaban experimentaban cambios, éxitos, fracasos o nuevas experiencias que los marcaban tanto que su propia identidad mutaba.

Dicho todo esto, en este artículo vamos a repasar unas cuantas ideas que pueden servir para añadir peso a los nombres de los PNJ y PJ de nuestras partidas.

Representaciones del dios Ptah

Los nombres que no me gustan

Esto que voy a decir es una apreciación personal. Los clásicos nombres de fantasía que intentan sonar épicos y que copian de la peor de las maneras a Tolkien, que incluyen sonoros sobrenombres o que añaden un apellido molón al (como pueden ser Muradin Bronzebeard de Warcraft o Sturm Brightblade de Dragonlance) me producen rechazo. Los veo aburridos, poco imaginativos y son en todo caso un canon que D&D y la fantasía comercial estadounidense ha importado al resto del mundo.

Pero les reconozco que son cómodos. Es fácil inventarse uno y que encajen con el resto de PJ y PNJ de la partida, especialmente si estamos jugando un producto salido de las oficinas de Wizards of the Coast. Eltharin o Grundar Silvermoustache son dos personajes que pueden encajar sin demasiados problemas con los habitantes de las Siete Ciudades o de Neverwinter.

Los nombres como demostración de devoción religiosa

Los mundos de Dungeons & Dragons, al igual que el nuestro, están marcados por la presencia de poderosas religiones refrendadas por los obvios poderes de las deidades a las que adoran. Un habitante de Voldor, Toril o Greyhawk no puede sencillamente ignorar a los dioses, ya que estos están en todos lados y todo el rato.

En nuestro mundo, en las culturas de herencia cristiana, es una práctica común y antigua dar a los niños nombres de personajes populares, importantes (ya sea en la devoción particular de una familia o población, así como en el culto) y dotados de cierta mística de acuerdo a creencias alejadas del dogma principal. Es frecuente también el uso del santo del día conforme el calendario cristiano de la Iglesia Católica como una forma de patrocinio dentro de la estructura religiosa e integración dentro de esa realidad religiosa, pues es creencia defendida aún a día de hoy que dotar al infante del nombre de un santo se le entrega también un modelo de caridad y se le asegura su intercesión (me remito al Catecismo de la Iglesia Católica del año 1997). Casos similares existen en todas las religiones Abrahamicas y otros sistemas de creencias que perviven.

De igual forma, es interesante que los nombres de los PJ/PNJ puedan reflejar el papel que la espiritualidad en la que nacieron y se desarrollaron. Ya sea con nombres que evoquen a un dios protector, un personaje mortal pero de importancia en la historia de la religión en particular (como un santo, un mártir, un cruzado) o algún aspecto relevante de su propio sistema de creencias. No me parecería raro que el sacerdote de la Dama Gélida dotase a uno de sus vástagos del nombre de su propia diosa, del mismo modo que los cristianos bautizan a sus hijos como Jesús o María, buscando reflejan la devoción de ambos, la importancia de la deidad y en cierto modo llamar a su patrocinio/protección. Auril me parece, por otro lado, un nombre bastante bonito.

Los nombres como marcadores sociales

El nombre propio se convierte en un deíctico, que nos permite señalar un ente en unas coordenadas de espacio y tiempo, así como marcadores sociales: de donde venimos, de quienes descendemos. Dentro de cada estructura social, bien a través del apellido, cuya significación social permite la identificación de filiación, bien por el propio nombre se podían (hoy cada vez menos) identificar toda una serie de rasgos en el ordenamiento social y jurídico. Puede indicar la aldea de la que provenimos, el oficio de nuestro padre, nuestra condición al nacer (a los niños huérfanos se le apellidaba Expósito) o incluso nuestra pertenencia a alguna minoría. Y no olvidemos a los libertos que tomaban el nombre del individuo que le liberó, del santo del día en el que aquello pasó o adoptaban un apellido que marcaban su nuevo estatus de persona libre.

En el periodo medieval que superficialmente tanto inspira a D&D los nombres no sólo hacían referencia a los individuos y a su origen geográfico sino ante todo a su origen y (muy importante) estatus social y religioso. En la España medieval y moderna los nombres y apellidos estaban sumamente ligados al concepto capital de la limpieza de sangre. Entre los siglos XVI y XVII, tras la expulsión de los judios en 1492 y la conversión forzosa de los que se quedaron, muchos judeoconversos se apropiaron de los apellidos de algunas familias nobles para escapar de la represión de los estatutos de limpieza de sangre. Algunos se aprovechaban del caos que existía a la hora de adoptar nombres y apellidos, mientras que los judeoconversos con poder económico compraban a familias nobles, pues a cambio de unas cuantas sumas a los auténticos (y empobrecidos) nobles compraban ser incluidos en la familia con un documento que certificara su falso origen hidalgo. Enrique Soria, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba, tiene una nutrida obra al respecto, si os interesa el tema.

Nada impide que en nuestras partidas estos mismos mecanismos, o unos parecidos, existan y tengamos a un montón de personajes con apellidos vinculados a la nobleza de esos mundos pululando por ahí sin una auténtica relación de parentesco. ¿Por qué ese campesino comparte el sonoro apellido de un noble caballero de Solamnia? Igual en el pasado la familia del caballero andaba necesitada de dinero y la del campesino buscaba cierto ennoblecimiento que obtuvo a cambio de una bolsa de monedas que alivió las necesidades del linaje.

Un ejemplo fantástico para inspirarse es la onomástica de los patricios romanos. Estos tenían tres nombres que se conocían como”tria nomina” (de tres, tria y de nomen, nominis). El praenomen es el equivalente a un nombre de pila actual, algunos solo pertenecían a ciertas familias o clanes (gens), se empleaban solamente en contextos de gran amistad o puramente familiar, y marcaban quien era el primogénito de la familia (que heredaba el del padre). El nomina era el nombre de familia, e indicaba la gens a la que cada persona pertenecía dentro de la sociedad tradicional romana. Finalmente el cognomen, el cual era un segundo nombre familia, indicaba la familia directa a la cual se pertenecía dentro de la gens, lo más interesante de los cognomina es que su origen estaba en una característica o particularidad de la persona que iniciaba la rama familiar. Una oportunidad fantástica para que nos inventemos un montón de divertidos, sonoros y épicos cognomina para nuestros personajes. 

Así que con algo tan tonto como trabajar un poco tres nombres podemos dar mucho, muchísimo, trasfondo y carácter a un PNJ marcando un linaje que lo enlace con otros PJ o PNJ presentes, pasados o futuros de nuestra partida.

Los nombres como marcadores de experiencia

Hay también nombres que marcan las experiencias y logros de los sujetos que los portan. Sin salirnos de Roma, existía la figura del agnomen, que consistía en una designación personal que se permitía para aquellos individuos que habían llevado a cabo algún tipo de proeza. Normalmente no era posible transferir este nombre a los descendientes como herencia, y era considerado un premio que portar con orgullo. Creo que esto es muy habitual en nuestras partidas, con PNJ que tengan pseudonombres sonoros, épicos y tal vez rocambolescos que evoquen sus hazañas, como por ejemplo Matadragones.

Saliéndonos del mundo real y entrando en la ficción, una de las ideas más curiosas y que pasaron desapercibidas del videojuego Death Stranding del creador japones Hideo Kojima es como los nombres de los personajes de la obra reflejan en algunos casos su papel en la sociedad post-apocalíptica cyberpunk en la que viven. El mejor ejemplo es el protagonista, Sam Porter Bridges. Sam porta el apellido de su madre, que era Bridges, pero añade Porter a su nombre porque es su trabajo. Es un mensajero, es un portador, y queda así marcado a ojos de la sociedad. Un concepto interesante que fácilmente puede ser empleado en nuestras partidas, tal vez añadiendo algo de poesía al mismo. Por ejemplo, un soldado puede añadir “Espada” a su nombre para reflejar su función mientras que un escriba “Pluma” o “Papiro”.

Mezclarlo todo

Podríamos seguir tratando esta cuestión en profundidad, hablando de los nombres que reflejan realidades plurilingüísticas, en transformación o los nombres que van evolucionando a lo largo de toda una vida, pero este texto iba a quedar larguísimo. Así que lo último que quiero mencionar es que la mejor forma de emplear estas ideas que hemos ido lanzando es mezclarlo todo como si fuera una deliciosa pizza con piña. Porque todo lo que hemos comentado es sazón, sazón para enriquecer el escenario en el que jugamos a rol y que parezca un poco menos de mentira, fortalecer la ilusión de auténticos mundos de fantasía. Dar un nombre a un PNJ puede ser algo más que cumplir un requisito ramplón, como puede ser calcular sus Puntos de Golpe o CA.  Puede ser una poderosa herramienta para dar forma al mundo en el que jugamos, aportar información sobre la sociedad a la que pertenece y hacer que ese escenario de marionetas que montamos cada vez que nos sentamos en una mesa a rolear sea más veraz, menos falso.

La gran pregunta: ¿necesitan todos los PNJ un nombre?

Y como suele ser habitual en estos casos, la respuesta es: depende. Depende de lo que quieras conseguir dándoles un nombre incluso a los cuatro goblins que esperan escondidos tras un ficus en la emboscada que has diseñado para tu aventura. ¿Quieres que los jugadores se sientan mal por haberlos pasado a cuchillo cuando otros goblins los llamen a gritos, desesperados? ¿O tan solo es un detalle curioso que dudosamente tu mesa va a descubrir? 

Molestarte en darles un nombre, una personalidad y cierto trasfondo solo tiene, si me preguntas, sentido si todo ese esfuerzo extra que estás realizando con cada uno de esos PNJ se va a traducir en interacciones nuevas e interesantes. Si solo están ahí para saltar por los aires yo no me molestaría.

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